Por Gustavo Cabullo Madrid, Aracely Lazcano y Juan Antonio Castillo

| Publicado el 27 de agosto de 2023 |

El trabajo de un criminólogo en una ciudad como Juárez es, por definición y desgracia, agotador. Desde principios de los años noventa, Óscar Máynez ha estado involucrado en esta tarea. Como director de los Servicios Periciales y Ciencias Forenses de la Procuraduría del Estado de Chihuahua, ha trabajado en diversas áreas, incluyendo la investigación de campo.

En este lugar, los crímenes han sido tantos y tan constantes que ya no se conocen como casos aislados ni por el nombre de sus víctimas o victimarios. En esta frontera del norte, la violencia se recuerda por períodos con patrones criminales nefastos: "Las muertas de Juárez" (1993-), "Las y los desaparecidos de Juárez" (2008-) y la denominada Guerra contra el narcotráfico, una cruzada emprendida por el gobierno de Felipe Calderón, que ha causado cientos de miles de muertes, caos y destrucción en todo México, con una alta incidencia en esta comunidad. En agosto de 2009, Ciudad Juárez obtuvo el deshonroso título de "La ciudad más violenta del mundo" por parte del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública (CCSP), una organización sin fines de lucro.

Criminólogo Óscar Máynez

"Ciudad Juárez es un desierto, pero también es un mar, porque cuando los criminales se deshacen de sus víctimas y las arrojan allí, no necesitan enterrarlas, ya que 'el mar del desierto' las consume inmediatamente. El clima y los animales salvajes descomponen y hacen desaparecer los cuerpos", cuenta Máynez, testigo directo de la violencia en la ciudad fronteriza mexicana.

Como "rastreador de la violencia", Máynez relata cómo, en ocasiones, al examinar los restos óseos abandonados en el desierto por el crimen organizado, ha encontrado fósiles que no corresponden a restos humanos. Estos son vestigios de un pasado geológico que silenciosamente narran la historia de un mar de aguas cálidas, someras y ricas en biodiversidad.

Este otro paisaje marino apenas guarda relación con la actividad criminal de Ciudad Juárez, que al momento de escribir estas líneas ha cobrado nuevas víctimas. Un comando armado irrumpió en el Centro de Readaptación Social para Adultos, ejecutando a diez custodios y siete reclusos para liberar a un líder criminal.

Alumno Isaak Rodríguez Hernández, de 6 años, estudiante de primer grado de la escuela Plan de Ayala del poblado de San Agustín, muestra un amonite, frente al Museo Regional del Valle de Juárez.
Foto: Juan Antonio Castillo

El pasado remoto, los restos geológicos, han sido un pretexto para nosotros como reporteros que muchas veces cubrimos el día a día de la violencia, para imaginar una realidad distinta en la cual el miedo sea relegado por la curiosidad y el conocimiento. No es un capricho, es una apuesta por mirar de manera diferente y buscar a los protagonistas de otras historias que suceden aquí, a pesar de los conflictos.

Este es un viaje al pasado que decidimos emprender en busca de una mínima certeza que nos recuerde que el mundo no siempre ha sido así.

Violencia producto de la violencia

Vivienda rafageada y abandonada en San Isidro, poblado del Valle de Juárez, permanece como cicatriz dejada por la violencia que ha sufrido Cd Juarez y sus alrededores. Foto: Juan Antonio Castillo

La violencia en Juárez es herencia de otra violencia. En 1846, cuando la injusta y desproporcionada invasión militar de Estados Unidos a México despojó al país de la mitad de su territorio, Juárez se convirtió en el paso más importante entre las dos convulsas naciones. Nolberto Acosta Varela, profesor e investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), destaca que, al igual que Tijuana, esta región presenció el desarrollo de una industria turística asociada con la diversión, el despilfarro y la vida nocturna. "Se construyeron hipódromos, se organizaron peleas de perros y se abrieron centros nocturnos que adquirieron gran relevancia entre la comunidad extranjera".

Posteriormente llegó otro momento importante: la Ley Seca. La prohibición de venta de alcohol en los Estados Unidos hizo que las zonas fronterizas del norte de México cubrieran esa necesidad. "La alta demanda y escasez propiciaron la construcción de fábricas de whiskey y otras bebidas alcohólicas, que a su vez impulsaron el auge en las apuestas y la diversión, situación que contribuyó al crecimiento de la frontera y, como consecuencia, a la violencia", explica Acosta Varela.

Sin embargo, el investigador, Dr.Alfredo Limas indicó que quizás uno de los factores que contribuyó a generar un caldo de cultivo idóneo para el conflicto social fue el desarrollo de la industria maquiladora. Esta actividad atrajo a millones de personas a una realidad caracterizada por la desigualdad económica y la explotación. Así se consolidó una cultura de impunidad y dio lugar a células del crimen organizado para traficar drogas y personas hacia los Estados Unidos a partir de la década de 1980.

En este contexto, llegó el año 2009 para dejar una huella imborrable en la piel de los juarenses. La violencia se desató como nunca antes en esta frontera desértica, por donde cruzan miles de personas diariamente ya sea de forma legal o ilegal en busca de un pedacito del "sueño americano". En solo nueve meses, del 1 de enero al 20 de agosto, se contabilizaron 130 homicidios por cada 100 mil habitantes. Esta cifra superó fácilmente a Caracas, donde se registraron 96 homicidios y a Nueva Orleans con 95. Ciudades que pasaron a ocupar el segundo y tercer lugar del podio como las ciudades más violentas del planeta.

Una breve revisión de las cifras publicadas por la Agencia Estatal de Investigaciones de Chihuahua revela el escalofriante aumento exponencial de la violencia que vivió Juárez en pocos años: en 2007 se documentaron 301 homicidios; en 2008, 1,907; en 2009, 2,601 y en 2010, 2,589. Entre estos números destaca el desolador e indignante caso de los feminicidios que puso a Juárez en el mapa mundial: de 1993 a 2023 se han registrado más de 2,300 asesinatos de mujeres. Ellas son Las muertas de Juárez.


Ejecuciones en Ciudad Juárez

En los últimos seis años se han registrado más de 7 mil 474 asesinatos en Cd. Juárez



Niños en el desierto

Mural de la primaria Plan de Ayala de San Agustín, en homenaje al Profesor Robles. Foto: Juan Antonio Castillo

Camilo RoblesCamilo Robles, ex alumno del Profesor Manuel Robles

En 1972, Camilo Robles Quiñonez era un niño que deambulaba entre los caseríos del desierto y jugaba con sus amigos en las parcelas, las lomas de arena y los mezquites. Camaleones, lagartijas, liebres y escarabajos eran sus compañeros en una vida pacífica en el poblado de San Agustín, en el Valle de Juárez, cerca del río Bravo, “donde las tortugas y alguna serpiente asomaban de vez en cuando”.

En el centro de este mundo infantil una presencia quedó grabada en la memoria de Camilo: "el profe Robles", su maestro de primaria que, según cuenta, poseía un don especial para abrir los ojos de los niños respecto al mundo que les rodeaba.

Manuel Robles Flores, conocido como "el profe", llegó por error a estas tierras, en 1959. Según relata Hernani Herrera, su sobrino: "mi tío se dirigía a San Ignacio, otro asentamiento ubicado a ocho kilómetros de distancia, para ocupar un puesto de maestro rural". Al descender del autobús, sorprendido, exclamó: "¡Ah caray, dónde estoy!" Uno de los lugareños le dijo: "Pues aquí en San Agustín, profe. Usted iba más lejos, pero quédese aquí, también necesitamos maestros".

El Profe RoblesAcuarela del profesor Manuel Robles mostrando un ammonite

Robles no solo fue el primer maestro en llegar a este rincón del mundo, sino que también fue posiblemente el primero en prestar atención al pasado remoto de la región. No concebía la educación sin motivar a los niños a observar, oler y tocar su entorno, convencido de que esa era la mejor manera de comprender lo que se narraba en los libros, recuerda Hernani.

Las expediciones que organizaba el maestro dieron como resultado que los niños regresaran con los bolsillos llenos de "piedritas" que resultaban ser testimonios de organismos oceánicos petrificados, evidencia de que en un pasado remoto la zona había sido un mar. "Recuerdo que el profe les echaba saliva para ver si eran fósiles o simples piedritas", rememora Camilo quien enlista los hallazgos: fósiles marinos, amonitas, trilobites, plantas petrificadas y conchas.

Las actividades al aire libre continuaban después de las clases. "Era emocionante salir a caminar, buscar, encontrar y llevar al día siguiente los hallazgos a la escuela", dice Camilo. Así fue como se formó una colección paleontológica que, con el tiempo, se volvió demasiado grande para caber en el salón de clases.

Sobrino del Profe Robles Historiador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia Alan Hernani Herrera Peña.
Foto: Juan Antonio Castillo




Manuel Robles Flores

Fotos: Juan Antonio Castillo

Otros que también buscan...
y encuentran

Foto: Juan Antonio Castillo

Héctor Hawley Morelos es otro intrépido explorador en el desierto, pero su búsqueda está impulsada por la investigación criminal. Como perito policial con 24 años de experiencia, su trabajo consiste en acudir a los lugares donde se ha cometido un delito, procesar esos sitios utilizando técnicas científicas de la criminalística y buscar pistas que le ayuden a determinar la mecánica del crimen. Estas evidencias serán fundamentales para los juicios.

Al igual que su colega Máynez, durante sus investigaciones como oficial de policía, Hawley Morelos se encuentra con "objetos o características peculiares en las rocas, en medio de la diversidad topográfica... cosas muy extrañas dentro de nuestro espectro de conocimiento".

Sin pretenderlo, los expertos en criminología han ampliado su instinto sabueso hacia un vasto lecho paleontológico. Muchas búsquedas de cuerpos asesinados, incluso aquellas realizadas por ciudadanos que buscan familiares o amigos, abarcan hasta siete kilómetros de minucioso escrutinio de la superficie del Valle de Juárez o Anapra, por lo que no sorprende que los buscadores hallen a su paso evidencias paleontológicas que narran la historia de un territorio que fue hogar de dinosaurios, un antiguo fondo marino e incluso sede de bosques que hoy están petrificados, según cuenta el Dr. Jesús Alvarado Ortega, investigador del Departamento de Paleontología del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Alvarado pinta un paisaje cautivador para la imaginación de quienes lo escuchan ya que afirma que antes de la formación de los océanos como los conocemos actualmente, en esta región fronteriza coexistieron faunas que habitaban en el Mar Interior de Norteamérica y en el Mar de Tetis.

"Son estos vestigios fósiles que se extienden desde la frontera de Canadá hasta el extremo sur de México, en Chiapas, los que han contribuido a la riqueza de fósiles marinos en los diferentes estados".

Los paleontólogos se refieren a la "enfermedad de la piedra" como la compulsión de búsqueda de registros paleontológicos que invade a quien encuentra un fósil. Este mal podría haber afectado a Hawley Morelos, quien confiesa que los negativos de conchas, insectos y algas petrificadas lo han convertido en un coleccionista asiduo de “piedritas” a tal grado que fantasea frecuentemente con la posibilidad de algún día encontrar un pez impresionado en una roca.


Héctor Hawley Morelose Héctor Hawley Morelos, perito criminalista de la FEM, Fiscalía Especializada en Atención a Mujeres Víctimas del Delito por Razones de Género y a la Familia
Foto: Gustavo Cabullo Madrid

Paso prehistórico

Migrantes llegando al margen norte del Río Bravo, a inicios del 2023. Foto: Juan Antonio Castillo

En el constante flujo humano desde Ciudad Juárez hacia los Estados Unidos, determinar el número exacto de migrantes se convierte en un enigma. Factores como las cambiantes políticas migratorias de Estados Unidos, las condiciones climáticas y eventos de gran envergadura como la reciente pandemia, propician fluctuaciones en las cifras. Aun así, un informe actual del gobierno estadounidense revela la magnitud de la migración: en junio de 2023, 38,0000 migrantes fueron procesados en los cruces internacionales, mientras cerca de 35,000 personas aguardaban en tránsito en Ciudad Juárez, anhelando resolver su precaria situación.

Pero la migración no solo es notable por su escala, sino también por sus tragedias. El 27 de marzo de 2023, en un desesperado reclamo por un trato digno, un migrante provocó un incendio en el albergue en que se encontraba, resultando en la muerte de 40 personas. Las víctimas, atrapadas bajo llave, no pudieron escapar. Este suceso, causante de indignación internacional, plantea preguntas sobre el trato de los migrantes por parte de las autoridades mexicanas y evidencia las diversas formas de violencia que padecen estos individuos, desde extorsión y secuestro hasta trata de personas y homicidio.

En un mundo dominado por el capitalismo, la migración a menudo se percibe como multitudes humanas invadiendo economías más prósperas. Pero el fenómeno migratorio, como el que se observa en el Valle de Juárez, es realmente un reflejo de una constante en la historia humana. Desde nuestros primeros antepasados que se aventuraron fuera de África, la humanidad ha estado en movimiento, buscando condiciones más propicias para vivir. Este impulso sigue siendo un componente fundamental de nuestra evolución y adaptación continua.

La división actual de la frontera está marcada por el Río Grande o Río Bravo (según si es nombrado por los estadunidenses o por lo mexicanos, en ese orden.) que se extiende más de tres mil kilómetros desde las montañas San Juan en el sur de Colorado hasta el Golfo de México en Brownsville, Texas. Su formación se remonta a hace 65 millones de años. A pesar de la división que el río representa, "hace miles de años unió comunidades", dice el historiador Daniel Carey-Whalen, que esta a cargo del Museo Centennial en El Paso, Texas, quien reafirma que fue el flujo de agua lo que atrajo a la gente porque facilita la formación de asentamientos que pueden subsistir de la agricultura que florece por la riqueza mineral de los suelos. "Sin el río, la gente no habría elegido vivir en el área”, remata.


Migrantes El Río bravo al momento de ser cruzado por migrantes a la altura del sitio llamado “El punto”, lugar en que ofició misa el Papa Francisco en su visita a Juárez.
Foto: Juan Antonio Castillo

La cueva del pendejo

Ilustración de Karen Carr para el Sistema de Parques Nacionales de E.U.

Entre las muchas evidencias halladas en la región se identifican los rastros dejados por grupos de paleoindios que seguían las manadas de animales, según cuenta Lizzette Domínguez, arqueóloga que estudia terrenos en el suroeste de Texas y Nuevo México para su posible desarrollo. A través de exploraciones meticulosas, Domínguez y su equipo han descubierto numerosos sitios de valor arqueológico y paleontológico que atestiguan la presencia humana desde la era pre-Clovis, hace más de once mil años.

Los restos descubiertos durante estas exploraciones, que abarcan desde herramientas y materiales culturales hasta huesos y restos de vestimenta, proporcionan un retrato detallado de los primeros pobladores del continente americano. Las diferencias en las técnicas de pintura, en las formas y los acabados de las vasijas de barro y canastas, muestran las prácticas culturales de estas comunidades ancestrales. Gracias a estos artefactos, se ha logrado identificar la existencia de una antigua ruta comercial que unía los pueblos desde Santa Fe, Nuevo México, hasta la Ciudad de México.

Mapa de Juárez

Uno de los hallazgos más significativos en la zona sucedió en 1978. Se trata de la llamada Cueva del Pendejo en Oro Grande, Nuevo México, un lugar de importancia histórica donde se han descubierto herramientas, huesos, cabello humano y fragmentos de piel de diferentes épocas, tanto anteriores como posteriores al periodo Clovis y que daría pie a la primera expedición arqueológica encabezada en 1990 por el Dr. Richard S. McNeish.

Estos hallazgos subrayan la movilidad y el intercambio entre estas comunidades a pesar de las grandes distancias, así como sus avances tecnológicos en la fabricación de herramientas y puntas de caza. Las pruebas de radiocarbono realizadas en este lugar sugieren fechas que oscilan entre los 12,000 y los 25,000 años, reafirmando el papel central de la región en la larga travesía de la humanidad.

Sin embargo, incluso este notable hallazgo palidece en comparación con un descubrimiento que podría, literalmente, reescribir la historia de la humanidad en América.

Una gran familia

Ilustración de Karen Carr para el Sistema de Parques Nacionales de E.U.

En las orillas de lo que en otro tiempo era un lago poco profundo, se plasmó uno de los testimonios más bellos y significativos para la historia del ser humano en América. Estas marcas ancestrales pertenecen a algunos de los primeros humanos que caminaron por Norteamérica, cuyas huellas quedaron impresas —como si se hubiera podido congelar sus pasos— en el lodo blando que bordeaba este antiguo cuerpo de agua, hoy parte del salar Alkali Flat en White Sands, Nuevo México, un extenso campo de dunas de arena blanca compuesto por cristales de yeso ubicado a 125 kilómetros al norte de Ciudad Juárez.

El descubrimiento de múltiples capas de huellas humanas mayormente de adolescentes y niños intercaladas con capas de semillas, huellas de mamuts, y perezosos gigantes fue liderado por David Bustos, gerente del Programa de Recursos del parque. Aunque Bustos ya había encontrado indicios de mamuts colombinos en el área, fue un investigador del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA quien, en el verano de 2019, propició el hallazgo mientras realizaba comparaciones entre las dunas de Marte y la antigua cuenca del Lago Otero.

Mientras el científico de la NASA realizaba su investigación, Bustos inspeccionó el área y descubrió un entramado de huellas de humanos y megafauna. Según él, al menos once capas geológicas diferentes en el parque presentan huellas fosilizadas.

Con el paso del tiempo, Bustos adquirió habilidades para identificar estas huellas fósiles. Análisis de radiocarbono, llevados a cabo por expertos del Laboratorio de Servicios Geológicos de Estados Unidos (USGS) y basados en semillas de un abundante pasto acuático de la zona llamado Ruppia cirrhosa, fecharon estas huellas entre 23.000 y 20.000 años atrás.

La diversidad de las muestras y la frecuencia con la que se observan estas fechas, indican que White Sands es un registro significativamente más antiguo que otros sitios conocidos, redefiniendo las estimaciones de cuándo los humanos llegaron a América del Norte al menos 10,000 años antes de lo previamente estimado.

“Esto demuestra que las personas y la megafauna convivieron aquí durante mucho tiempo”, dice Bustos. Además, agrega que “tenemos algunos lugares donde hay huellas de camellos, mamuts, y humanos en el mismo lugar, pero separadas por varios metros de capas geológicas”, explicando la complejidad de la interacción ecológica que se desarrolló durante miles de años. En un tramo de un kilómetro y medio, las huellas de las diferentes especies se entrecruzan, y narran la historia detallada de lo que sucedió al final de la Edad de Hielo.

“Lo emocionante es que no solo son animales adultos, sino también jóvenes e infantes, al igual que humanos de todas las edades', relata Bustos. 'Todos interactuando como una gran familia”, visualiza el investigador.






Huellas

Fotos: Cortesía del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos

Los caminos del desierto

Ciudad Juárez, Chihuahua. Muro con Nuevo México. Foto: Juan Antonio Castillo

En el vasto y silencioso desierto del Valle de Juárez, en pleno siglo XXI hombres y mujeres persiguen diferentes destinos y transitan por polvosos caminos. Un ejemplo es el de Jorge Delgado Hernández, agente del Ministerio Público con 12 años de experiencia en la investigación de feminicidios. Al igual que su colega Máynez su trabajo está inmerso en el contexto criminal, pero confiesa que a menudo se encuentra con restos prehistóricos, que son reportados al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Delgado Hernández relata cómo frecuentemente participa en expediciones de búsqueda, que a veces incluyen peritos, ciudadanos, antropólogos y fiscales. Estos viajes pueden durar hasta tres horas y contar con hasta 40 personas a bordo de convoyes, llegando a lugares “donde hace años que un humano no pisaba, por la peligrosidad y lo agreste del terreno. Aquí encontramos de todo; hombres, mujeres, migrantes, a veces incluso casquillos”, dice el funcionario.

Recuerda que, en cierta ocasión, una de las acciones que implementó junto al doctor Hawley fue recoger objetos que llamaran su atención, como elementos brillantes, piedras entre las paredes de los arroyos o canales y helechos fosilizados. Sin embargo, debido a la presencia frecuente de animales muertos, como vacas, es difícil determinar si corresponden a alguna especie prehistórica.

“En el valle, la gente siempre dice: 'donde quiera que vayas, encontrarás un hueso así'", destaca Delgado Hernández. “Por ejemplo, durante los rastreos a veces pensamos que son chicas que desaparecieron en 2008, 2010, o incluso antes, pero los pobladores siempre aseguran que 'aquí siempre encontrarás huesos' sin importar el año. Lo único que queda por determinar es la antigüedad de los mismos”.

A pesar de lo trágico de la situación y de la triste realidad actual que muchos de los hallazgos óseos revelan en el Valle, lo cierto es que estamos ante la evidencia de una más de las páginas geológicas de este gran libro cuya historia comenzó a contarse hace millones de años.



Flor en el desierto

Restos de Mamut en el Museo Regional del Valle de Juárez. Foto: Juan Antonio Castillo

El Valle de Juárez, una región marcada por el dolor y la injusticia de episodios violentos, alberga también una comunidad resiliente, fortalecida por las enseñanzas de Manuel Robles. El humilde maestro rural que llegó casualmente al valle y quien falleció hace tres años, realizó una importante labor en la protección y preservación de tesoros históricos. En 1982, con la construcción de una nueva escuela, el antiguo edificio se convirtió en custodio de fósiles recuperados, dando lugar al Museo Regional del Valle de Juárez, el primero en la frontera en poseer una vasta colección de la era Paleozoica, es testimonio del legado de conocimiento sembrado por Robles.

Sus alumnos reconocen que “El Profe” dejó un legado de esperanza por su capacidad de redireccionar a los jóvenes en un contexto de violencia hacia un camino de respeto y redescubrimiento de su región. Guadalupe, Camilo y Francisca, que alguna vez fueron partícipes de una comunidad sitiada por la "Guerra contra el narcotráfico", celebran hoy su transformación en ciudadanos comprometidos con su entorno. “Si el Profe todavía estuviera, todavía hiciera”, subraya Francisca pensando en lo mucho que aportó el docente.

Una narrativa similar es la de Alejandra Isela Maese, arqueóloga juarense, cuyo interés por la historia natural fue cultivado desde la infancia. Alejandra acredita a la curiosidad como su brújula para el aprendizaje y la evasión de los peligros de la región.

Por su labor incesante, Robles fue apodado "El Guardián". A través de la educación y la promoción del amor por el aprendizaje y la naturaleza, demostró que la curiosidad y el deseo de conocimiento pueden ser agentes transformadores, incluso en adversidad. Como una flor en el desierto, el legado de Robles es un recordatorio de la resiliencia humana y la búsqueda continua de un futuro mejor.


EN CONTEXTO

Pangea
Un mar de historias
Demanda Honduras
Origen de los camellos: un hallazgo en América
Arrecife Mesoaméricano
Celebremos nuestras montañas


Un mar de historias

Cuando observamos el paisaje a través de la lente de la paleontología, nuestra imaginación se dispara. ¿Cómo era la vida aquí? ¿Es posible que estemos caminando sobre el antiguo hogar de gigantescos tiburones como el Squalicorax, junto con otras criaturas como el Pachyrhizodus y el Ichthyodectes? Según Jesús Alvarado Ortega, investigador del Departamento de Paleontología del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), esta zona es de suma importancia para los paleontólogos, ya que marca el punto de unión de dos cuerpos marinos.

Miguel Domínguez Acosta, jefe del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), comparte esta opinión y afirma que tener en nuestro propio patio la Sierra de Juárez es sumamente interesante desde el punto de vista geológico, además de ser un excelente laboratorio. Domínguez ha presenciado los hallazgos de sus alumnos, que van desde fósiles de madera y ostras hasta huellas de dinosaurios.


Miguel Dominguez Miguel Domínguez Acosta, jefe del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la UACJ. Foto: Juan Antonio Castillo
Miguel Dominguez Diente de tiburón encontrado por estudiantes de la UACJ en la Sierra de Juárez se encuentra en exhibición en el Laboratorio de Geología de la misma universidad. Foto: Juan Antonio Castillo


Cada piedra impresa cuenta una historia perteneciente a un escenario pasado, según nos cuenta el geofísico Óscar Sotero Dena Ornelas, investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Con 4.6 mil millones de años de existencia, nuestro planeta ha experimentado cambios en su tectónica y formación de continentes y mares a lo largo del tiempo.

Mientras salimos al vasto desierto conocido como el Gran Desierto Chihuahuense en la actualidad, debemos recordar que en el período Jurásico (hace 201 millones de años), esta tierra era un mar tropical poco profundo conocido como el Mar de Tetis. Según el Dr. Jesús Alvarado Ortega, este mar, cuyo nombre rinde homenaje a la diosa griega del mar Titánide, se formó como una gran bahía en el período Triásico y eventualmente se expandió hacia el oeste, llegando hasta el territorio norteamericano y abriéndose hacia el antiguo océano Pacífico.

Para completar la imagen de lo que fue este valle en el pasado remoto, debemos escuchar las palabras de Thomas Schiller, experto en recolección y documentación de material fósil de vertebrados del período Cretácico-Paleógeno. Durante esta época, la región del sur de Texas y el norte de México experimentó cambios geológicos que definieron el paisaje tal como lo conocemos hoy en día.

Schiller, instructor de la Universidad Sul Ross en Texas, explica que después de los movimientos de las antiguas placas tectónicas y la formación de varias cuencas en la región durante la primera etapa del Cretácico, se desarrolló la Vía Marítima Interior (Western Interior Seaway). Este cuerpo marino, que se expandía y contraía durante cientos de miles de años, cubría parte del continente americano, desde el sur de México hasta el centro-noreste de Estados Unidos, Canadá y el sur del Ártico.


Pangea

En la zona norte de México, entre Coahuila y Chihuahua, así como en el área de Big Bend en Texas, se han descubierto poblaciones únicas de animales y plantas que solo podrían haber existido gracias a las condiciones climáticas de la región. Entre los fósiles encontrados en esta zona se encuentran caracoles, calamares con concha y numerosas especies de reptiles marinos, como el Mosasaurio (Mosasaurus), pariente cercano de las serpientes y uno de los principales depredadores de la época, con contaba con una longitud de entre 8 y 15 metros, un peso de hasta 15 toneladas y una velocidad de nado de hasta 50 kilómetros por hora.

Alvarado nos recuerda que para comprender nuestro presente, es necesario entender nuestro pasado y con está óptica, el análisis de la vida adaptada a la geografía le ha revelado una historia peculiar. Durante el inicio del período Jurásico, hubo una realineación de las placas tectónicas que provocó un aumento en los niveles de agua en el supercontinente llamado Pangea. Los continentes se separaron, los océanos entraron en escena y se formó el océano Atlántico. En ese momento, Centroamérica aún no existía y la parte tropical era un estrecho corredor, lo que dejó al Golfo de México conectado con la Vía Marítima Interior Occidental.

Esta separación, explica Alvarado, ocurrió cuando el antiguo continente se partió de este a oeste, separando Europa y Norteamérica, y también separando África de Sudamérica.

Uno de los habitantes notables de esta región fue el Xiphactinus, un pez prehistórico de apariencia feroz, con grandes dientes y poderosas mandíbulas. Además, se han descubierto fósiles de ancestros directos de los tiburones en proporciones gigantescas, como el Squalicorax. Según los estudios realizados por el paleontólogo de la UNAM, estos tiburones y reptiles marinos tenían una distribución más al norte y ocupaban territorio estadounidense, mientras que en el lado mexicano existían organismos similares que se desarrollaron en una zona más tropical, con una relación más directa con las formas europeas.

A medida que algunos organismos vieron reducida su diversidad, otros grupos comenzaron a florecer y establecieron vínculos directos con las faunas modernas. Alvarado afirma que podemos decir que durante el período Cretácico, se produjo la composición faunística que aún prevalece en la actualidad. Sin embargo, este período llegó a su fin después de 65 millones de años, marcado por un evento de extinción masiva causado por el impacto del meteorito de Chicxulub en el actual Yucatán, en el sureste mexicano.

Este evento provocó una mortalidad masiva que quedó registrada en los fósiles encontrados en las rocas. Muchos organismos más antiguos desaparecieron, y las rocas formadas después de este evento contienen fósiles de una naturaleza diferente. Los dinosaurios y otros antiguos representantes de la vida marina, como el famoso Xiphactinus de Kansas, desaparecieron para siempre, pero su existencia quedo plasmada como una radiografía en piedra en yacimientos rocosos encontradas hoy en dia.

Origen de los camellos: un hallazgo en América

Las montañas Franklin de la ciudad de El Paso son una de las pocas zonas en el mundo donde se han hallado fósiles y rocas correspondientes a los siete periodos de la era Paleozoica en un solo lugar, afirma Carey-Whalen. Según el catedrático y actual director del museo local, es habitual que los habitantes de la ciudad encuentren conchas marinas y otros fósiles en sus propios patios.

William StrainDr. William Strain, fundador del museo Centennial de UTEP, muestra un fósil de quijada de camello que se encuentra hoy en día en exhibición en el mismo museo. Foto: Museo Centennial de UTEP

A pesar de que el museo se centra en la vida y cultura del Gran Desierto de Chihuahua, su sala de paleontología expone fósiles de diversas eras geológicas. Entre estas se destacan amonitas gigantes, conchas, peces, plantas, y restos de mamiferos terrestres como los tigres dientes de sable y mamuts.

Uno de los hallazgos más significativos del fundador del museo fue una mandíbula fosilizada de camello, descubierta en el punto más alto de la montaña Franklin a mediados del siglo XX. Más tarde, también logró recuperar huesos fosilizados de caballos, lo que demuestra la presencia de estas especies en América mucho antes de que aparecieran en el Medio Oriente, África y Asia.

"Se cree que los caballos y otras especies migraron hacia el Norte, luego cruzaron por el estrecho de Bering y es por ello que estas especies desaparecieron de nuestro continente", explica el director del museo. La geografía de la región ha sido, durante millones de años, una pieza clave para la migración de diversas especies.

Celebremos nuestras montañas

Óscar Sotero Dena, doctor en Ciencias Geológicas e investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), enfatiza la necesidad de difundir el conocimiento y la apreciación de nuestro entorno geológico.

Óscar Sotero Dena Óscar Sotero Dena, doctor en Ciencias Geológicas e investigador de la UACJ. Foto: Juan Antonio Castillo

Cita como ejemplo la ciudad de Albuquerque, donde el característico "Pico de Sandía" se ha transformado en un geoparque que atrae a la población local con senderismo, teleférico, restaurantes y miradores. "Todo eso fomenta que la gente de la región se acerque a sus montañas", señala.

También la Universidad de Texas en El Paso (UTEP) celebra anualmente "Celebramos nuestras montañas", una iniciativa que incluye visitas a la Sierra de Juárez, Samalayuca, Sierra del Presidio y la Montaña Franklin. "Todas estas expresiones geológicas no tienen fronteras y deberíamos celebrar que están más cerca de nosotros que nosotros de ellas", añade.

Sotero Dena propone que la Sierra de Juárez sea reconocida como parque geológico, un espacio para caminar, hacer senderismo, y que permita a los biólogos estudiar la flora regional y evaluar su potencial para la recarga de acuíferos.

El investigador resalta que la ciudad necesita más opciones de recreación que no estén necesariamente asociadas con el consumo de alcohol. Sin embargo, reconoce los retos que enfrenta la región: "Ahora es complicado caminar en la sierra, tanto por los accidentes orográficos que tiene de facto, como por la presencia de personas con conducta antisocial". Su propuesta aboga por la creación de senderos seguros que faciliten el acceso y promuevan un mayor respeto y aprecio por nuestro patrimonio geológico.



Montañas de Cd. Juárez
Valle de Juarez
Logo EL UNIVERSAL
Logo Historias sin fronteras